Tanto miedo junto, solo significa paz.
Tanta libertad de golpe y no me atrevo a escapar.
¿No puedo vivir sin cadenas?
No puedo sostener una mentira
ni puedo entender la ironía:
“¿Qué necesidad?”
¿Cómo cambiar todo por una promesa?
No espero que me entiendan.
Tan solo no tiren a matar.

En la proposición “matar o morir” se encuentra la justificación máxima del existencialismo sartreano: mi corporeidad es el nicho donde la realidad hace eco. Esa vibración interior de lo real es una conversión, interpretación, traducción que nuestro organismo realiza independientemente de nuestra racionalidad: Lo ojos ven, los músculos mueven, las voces suenan… y eso está bien.

El organismo humano responde al hambre, al frío, al sueño sin necesidad de que argumentemos… está, siente, duele. El cuerpo no ofrece respuestas a sus necesidades. Sin embargo, los estímulos no dejan de llegar y, en cierto modo, el cuerpo nos obliga a actuar: el llanto, la ira, la envidia, el salto, el grito… La necesidad no cesa.
Y cuando debemos proveernos lo que el cuerpo nos pide, aparecen los problemas: hay cientos, miles de otros cuerpos a mí alrededor. Gritan, lloran, corren, ríen. Me empujan, me desafían, me roban. Yo los veo, los escucho ir y venir diciendo cosas: “vamos”, “tomen”, “lleven”…¿Cómo saben lo que saben? ¿Cómo resolvieron el hambre, el frío, el dolor? ¿Por qué discuten, luchan y se matan?

Mi hambre es mío. Mi cansancio es mío. Mi frío es mío. He ahí una verdad existencialista. Me ven temblar, bostezar y escuchan mi estómago crujir. Pero el hambre, el sueño, el frío… son míos.

Vamos a trabajar” me dicen. “Ese hombre nos dará dinero a cambio de nuestro esfuerzo”, dicen.

¿Por qué ese hombre tiene dinero?” les pregunto. No saben, que eso qué importa, no seas vago. “¿Preferís el hambre, el sueño, el frío?
Eso es problema mío” pienso. “¿Por qué mi necesidad es argumento para entregar mi tiempo, mi esfuerzo… a cambio de dinero?
¿Dónde voy a encontrar hogar, salud y descanso?” les pregunto. Se ríen. “Sos un tonto… con el dinero se compran cosas reales: comida, abrigo, un techo…
No quiero. Vayan ustedes.” Me miran. Están enojados. Se van en silencio.

He vivido terremotos. He pasado sed y frío. El agua se ha metido muchas veces en mi casa. Ratas y cucarachas caminaron insolentes en mi hogar. Alacranes y arañas se escondían entre las sombras. Soporto estoicamente. He llegado a vivirlo como una afrenta digna. “Soy pobre, pero honrado”: La sociedad respeta solamente si se vive la pobreza con resignación y reverencia.

Grito. Corro. Miro a los ojos a las autoridades. No les dirijo la palabra. Los ignoro, que es la moneda que me enseñaron a manejar: la indiferencia. Los mido, los analizo. No les tengo miedo. Me divierte que me teman. Quiero mi porción de poder. Si está tirado, entonces es mío: El poder que está tirado es mío. La calle es mía. No soy pobre, soy libre. No estoy abandonado, tirado: no soy basura que se puede reciclar. Aunque admito que huelo mal. Pero el olor es poder. Es más poderoso que los colores. Y voy a ocupar el espacio que me corresponde, si no me ven, mi olor les va a recordar que existo. Mi olor es mío.

La lucha es inútil. Todo se resume en el precio al que vendemos nuestra rendición. Algunos no luchan, se venden. Resistir es agotador. Resisto el golpe, la mentira y la humillación. Pero a mí, para vencerme, me van a tener que matar.

Entonces aparecen armas que nunca estuvieron a mi alcance: dioses, reyes, poetas, banderas, perfumes y una guitarra. Estaban ahí, con un precio. Los mercaderes de la fe fueron los únicos que se acercaron. Me ofrecieron un dios. Me lo regalaron: “no incluye baterías” decía el librito. Les agradecí. “Por acá se venden las pilas” me dijo uno que estaba en la fila, señalando un edificio… “no, gracias” le dije. “¿Qué pide por la guitarra?” pagué y me llevé una. De nuevo, estaba incompleta: “no incluye canciones” decía en el empaque.

Y seguí con un dios y una guitarra. El dios es mío. La guitarra es mía. Acompaña el hambre, el frío, el cansancio en las calles, que siempre serán del que las camine. Mi camino es mío. La incertidumbre, la esperanza y la soledad son mías.

Y en eso estaba cuando el dios me habló:
– No sos tuyo, sos mío.
– Yo no soy de nadie.
– Y por eso sos mío, los que no son de nadie son los únicos que son míos.
– Yo no quiero ser tuyo, ni de nadie.
– Entonces tampoco seas tuyo.
– ¿Y vos de quién sos?
– Tuyo. Yo ya soy tuyo, ahora te toca ser mío: se llama Amor.

El dios me enseñó que resistir es amar. Cualquier otra lucha es morir en cuotas. El dios es mi sombra cuando camino, un hornero juntando barro después de un día de lluvia, abejas juntando polen… Viajar, un nido, la miel. Eso es amor; estuvo conmigo en la calle, cuando cantaba y tenía frío.

La esperanza y la fe brotan en mí, así como el agua más pura brota de las piedras. Soy lo que amo, el cuerpo es solo un medio para dar amor, para morir por lo que amo.

Josías Acosta

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