Hay una frontera que alguna vez fue señalada
en un terreno de arena
para ser olvidada
pero alguien la vió y ya hay una historia
y esa historia de fronteras
nos recuerda dos lugares
posiciones
el lado de las piedras
o de la gracia.

Líneas imaginarias.
Las fronteras son elementos ficcionales. Invento de las sociedades humanas.
El planeta gira sobre un eje imaginario; los días y las horas se miden en base a divisiones imaginarias. Nadie dudaría ni un segundo sobre si existen los segundos; ¿Quién discutirá si es de día o de noche cuando el sol está flotando en el firmamento?
Sin embargo se discute (y mucho) sobre los derechos que posee alguien por haber nacido aquí o allá. Si su idioma es este o aquél. Si adora a tal o cual deidad.
Lo que preocupa es que hay algunas líneas imaginarias que no se discuten y son fronteras que condicionan de manera mucho más terrible la realidad, como la línea de pobreza. En las fronteras se coagulan todas las energías simbólicas que dan identidad a los pueblos.

La frontera es connotación; no debemos asumir que sea intrínsecamente negativa. Tenemos fronteras porque tenemos singularidades que nos hacen ser uno y el Otro (el misterium tremendum del que habla Derrida). El problema es que hay quienes monopolizan fronteras. Aduanas, pasaportes y visas funcionan para restringir, condicionar y erradicar unos de otros.

Nuestra propuesta, que tampoco es nueva, es asumir las fronteras-amebas, el intercambio celular. La identidad se construye  compartiendo. La piel se abre y se cierra para dejar entrar al otro; para dejar salir ideas, emociones y recuerdos.
Romper corazas no corazones.
Barrer barreras. Limpiar heridas.
Cruzar fronteras es buscar la vida.

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