Nací en la ciudad de Mendoza en una familia cristiana evangélica bautista de origen cultural mixto; mi papá era hijo de españoles y mi mamá era checoslovaca pero argentina nacionalizada, ya que había emigrado con su mamá cuando tenía 4 años. Los dos amaban al Señor con todo su ser y con profunda ternura.

Su fe no era precisamente lo que diríamos hoy “a la norma”: eran muy libres y su pregunta guía era “¿qué haría Jesús en mi lugar?”.

Podía confrontar sus indicaciones si encontraba argumento bíblico que lo justificara. Nunca logré superar sus debates y recorridos por la Biblia… ?

Cuando tenía 4 años, mi familia tuvo que mudarse a Santa Fe y yo sufrí la separación de mi hermano y primos. En el periodo de vacaciones, cuando fuimos a visitar a mi abuela que vivía en San Juan acepté al Señor en una predicación de una misionera que se llamaba Theda Krieger.
A los 8 años mi mamá me regaló un libro que hablaba de Mary Slessor, su vida me fascinó y quería ser misionera como ella. 

Tomé las decisiones de mi vida inspirada en ella y en aquello que sentía que el Señor me indicaba.

Fui a la Escuela Industrial Superior en Santa Fe y de allí a estudiar en la Facultad de Trabajo Social en la Universidad Nacional de Entre Ríos donde me recibí de Licenciada en Trabajo Social.
Cuando estaba en la Universidad, mientras revisaba las ofertas en la librería encontré un libro que se llamaba “El Evangelio Hoy”. ¿El autor?: René Padilla.
El hallazgo del libro fue importante para mi porque, como imaginarás,

la confrontación de la propia fe y manera de vivirla es un gran tema de la vida cuando se encuentra y confronta con la psicología, sociología, antropología cultural, etc.

Cuando además, iniciás a conocer la otra cara de la moneda de las prácticas misioneras, conocés la historia, el rol de la Iglesia y de aquella a la que pertenecés… y así día a día vas reflexionando y tomando decisiones. El libro me vino como anillo al dedo. En mi adolescencia me había leído las autobiografías o biografías de cuantos misioneros te imaginaras, por lo tanto, cuando leía o escuchaba los análisis de sus acciones desde las diferentes disciplinas, reflexionaba en el sentir y voluntad del misionero y aquello que efectivamente hacía, poniendo en juego su vida concreta.

Ciertamente era un gran cortocircuito de la comunicación intercultural e interpersonal, que muchas veces terminó haciendo el juego a intereses que poco tenían que ver con el amor de Jesús por la humanidad.

La última práctica de mi facu la hice en un barrio en el que había trabajado Osvaldo Catena, autor de la Misa Criolla que publicó Ariel Ramirez. Misa Criolla que primero desarrolló con el coro del barrio y estudiantes un sacerdote que profesaba la teología de la liberación. En esa experiencia noté que las personas habían asociado su “liberación” a Osvaldo Catena y no a Jesús, a través de la fe de él. Durante el Proceso militar el terror los había llevado a esconder todo. El miedo es un consejero peligroso.
Empecé a reflexionar de nuevo en la importancia de compartir el Evangelio, pero… ¿que sería compartir el Evangelio? 

No una religión ciertamente y tampoco una práctica atea o renegada, pero una acción coherente con una fe dialógica entre realidad social y texto bíblico. Una fe responsable y coherente.

Para mí, Jesús era y es mi mejor amigo desde que tengo 4 años, cuando le pedí “que entrara en mi corazón”, es así. Una fe simple, sencilla como la de un niño que con el madurar está dispuesta a hacer todas las revisiones y contextualizaciones y transformaciones necesarias.
Como sentía que era “un llamado” fui a Buenos Aires a estudiar al SITB, allí conocí a René y otros. Durante el primer año hice mi práctica en la Iglesia de Villa Celina, el pastor en ese momento era Bob Adams.
Durante el tiempo de la Facu, había estudiado un método del Trabajo Social que se llama Sistematización de la Práctica, que combiné, en mi cabeza, con la participación en un grupo de reflexión teológica al que me invitó Bob y trabajé como ayudante de Cátedra en la Universidad de Lomas de Zamora con una profe de Paraná.

Cuando comencé a trabajar en Kairós, el eje eran unos talleres de Misión Integral en los cuales, a partir de la metodología de Pichón Riviere sobre grupo operativo y la sistematización de la práctica, hacíamos que la iglesia reflexionara sobre qué era el Evangelio, cómo lo vivían y compartían a partir de los diferentes ministerios.

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Usando la metáfora del cuerpo humano les hacíamos trabajar sobre la tarea específica del ministerio en el que trabajaban, evaluarla y re-proyectarla en relación con las actividades de todos los ministerios. Te aseguro era una experiencia hermosa ver cómo las personas adquirían la conciencia de qué y para qué hacían lo que hacían y cómo se relacionaba con lo que ellos eran.
En el 1997 mi padre, que sufría de infartos cerebro-vasculares, tiene uno de tal magnitud que lo dejó hemipléjico y sin habla: en ese momento yo estaba planificando mi matrimonio. A partir de diversos consejos decidimos seguir adelante y con la ayuda de amigos pude responder a los problemas que surgían (en Santa Fe) debido a la situación y concretar el matrimonio, que decidimos fuera en el Centro Kairós, un lugar para mi muy importante.

Anécdota para reír: el viernes 5 de septiembre fue el registro civil y domingo fue la ceremonia religiosa. Sábado “sándwich” participé en el consejo de administración de Kairós: ¡trabajo! Te cuento que el trabajo era parte esencial de mi vida…

En diciembre falleció mi papá y empezó todo el tema de mi madre sola. En el 1999 perdimos un embarazo, y llevamos a mi mamá a vivir a Buenos Aires. Cuando quedé embarazada, ese llamado de mi fe dialógica entre realidad social y desafío bíblico, ese intento de vivir una fe responsable y coherente me puso en posición de evaluar el trabajo y/o dedicarme a mi familia. Considero que los mandatos familiares influyen tan fuertemente que cuando entran en conflicto con otras posibilidades se presenta una fuerte crisis. En el 2000 decidí renunciar a Kairós antes de que naciera nuestro primer hijo.
En el 2003, con la crisis, tuvimos que emigrar a Italia: estaba embarazada de nuestro segundo hijo y la realidad laboral de mi esposo estaba colapsada.

Atravesé la aduana llorando. ¿Por qué tenía que dejar mi país en esa situación cuando mis competencias eran más útiles que nunca?

Esa emigración fue la única puerta que se abrió y aún estoy convencida que fue la voluntad del Señor, empecé a conocer en carne propia lo que era ser extranjero, lo que era ser un nadie, lo que era no tener a nadie.
Cuando trabajaba en la Universidad de Lomas de Zamora y estaba con mis alumnas en un centro de práctica, una mamá de un barrio me enfrentó preguntando si tenía hijos (ciertamente que no, tenía 25 años y ninguna intención de casarme), solo respondí que no; ella me dijo: “cuando usted tenga hijos hablamos”.
No recuerdo su cara, ni sé su nombre, pero casi no hay día que no tenga en cuenta sus palabras.
Como te contaba, mi fe simple que considera a Jesús como amigo me hace pensar que este ha sido el proceso educativo más pesado de mi vida, ese que considera la encarnación como metodología didáctica.
El trabajo en las Iglesias con los talleres de Misión Integral ha sido una experiencia hermosa en mi vida y hoy, 16 años después de muchas experiencias eclesiásticas diversas, sea por diferencias en la manera de expresar su fe, o en los contextos socioculturales en los que esa fe se expresa, estoy convencida que es, si no el único, uno de los pocos instrumentos pedagógicos que produce prácticas liberadoras, prácticas de misión integral en modo contextual. Identificar “El Evangelio Hoy” es considerar la ENCARNACIÓN como una realidad y no un simple relato.

─ Viviana Montón

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