De repente las luces se apagaron. La oscuridad se apoderó de nuestras miradas como un virus.
La ceguera en los corazones llegó a los ojos.
Las casas iban una a una entrando en la sombra. La sensación de desamparo se hizo certeza cuando, en las calles, los vecinos se veían por vez primera entre penumbras, para tratar de entender qué pasaba. Intercambiaron direcciones y reconstruyeron a su manera los hechos. Sabiendo que es la única manera de conocer.
La respuesta estaba ardiendo sobre los cables. El Fuego no se consumía.
Orgulloso en su insolencia, inoportuno y contundente como el amor, sublime y mágico. Total.
El desconcierto se volvió señal para aquellos corazones atentos, respetuosos del Espíritu.
Sin entender ni poder resolver nada, cada uno volvió a su refugio (cavernas vacías cuando la luz no las adorna) para que el sueño los ayudara a viajar en el tiempo.
Nuestra especie sobrevive porque es la mejor adaptada para huir; hasta de sí misma.

Nuestro viaje estaba planificado para la mañana siguiente. Una agenda tan precisa como imposible nos esperaba. La mañana era tan oscura como la noche, pero más fría. Un lugareño, entre mates, aceptó llevarnos hasta su trabajo. Su amistad entibió nuestro corazón como el mate nuestros cuerpos. Decididos, nos despedimos de él para caminar hacia nuestro primer destino al que arribamos muy temprano. Esperamos con un café, Berdiaev, Rabelais, luz del sol y nada podía salir mal.
Hasta que todo salió mal.

Más adentro de la jungla, el silencio de los hombres aturde más que el ruido de las máquinas.
Caminar, caminar, caminar.
Esperar, esperar, esperar.
Preguntar, preguntar, preguntar.
El agotamiento físico llegó a la mente… Y la mente fue arrastrando al corazón.

La próxima parada era imponente, cristalina y con banderas: como las mentiras.
El hartazgo nos dividió: el paseo y la responsabilidad.
-¡Yo no entro acá!
-¿Eh…?
-Te espero afuera – y la mentira se apoderó de mí.

Cada cual se apartó por su camino.

“¿Dónde estás?”, me preguntó.
“Ahí voy” le respondí evadiendo la pregunta.
“Te espero…” En su voz se dibujaba una sonrisa… “tenés que ver lo que encontré.”
Corrí para sacudirme la intriga y la ansiedad; para sentirme humano entre los bultos de carne que se abrigaban del frío. Esquivé máquinas y basura hasta que pude ver a lo lejos dos personas.
Cuando llegué, era Él: el Maestro en bicicleta. Pero en ese momento no lo supimos. Un abrazo, risas y balbucear explicaciones. Nos invitó a su casa y se fue pedaleando a toda velocidad.
Tratamos de asimilar lo inexplicable y diluimos la grandeza de las situaciones… nos ahogamos en palabras y en teorías para poder empezar a creer. No queríamos llegar con las manos vacías así que compramos huevos, zanahorias, tomates y un pepino. Tocamos timbre y bajó. Le hice un chiste -que creo no entendió- y le dimos otro abrazo. Tal vez nuestros corazones y cuerpos ya creían, pero nuestra mente aún no. Subimos en el diminuto ascensor ya con el humor totalmente cambiado. Contentos.
Al abrir la puerta, la casa estaba llena de luz. Luz real: esa que hace todo más bello; la que no encandila, la que no juzga. Nos sentamos y él cocinó para nosotros. Comimos y renovamos nuestras fuerzas. Nadie puede creer con el estómago vacío. Respondió todas nuestras preguntas y estaba muy interesado en lo que hacíamos, cómo estábamos, qué pensábamos… Nos contó historias y nos explicó muchas cosas. Abrió las puertas de su biblioteca e inclusive nos mostró los libros que no estaban a la vista. Encendió el tocadiscos y puso música. Dejamos los libros sobre el piano; dijo que después los guardaría.

Así saciamos el hambre y la sed. Descansamos y renovamos fuerzas. Mitigamos el frío y la curiosidad. Hablamos y escuchamos. Reímos e hicimos memoria. Música, luz y amistad. Al recibirnos en su casa nos dió salud y no mero hospedaje.

La despedida fue una promesa de amistad. De cariño indestructible: una convicción tan profunda e inconfundible como el perfume de azahares. La buena noticia estará indeleble en las retinas, oídos y corazones de aquellos que, en una esquina cualquiera, estén atentos a ver al Maestro andando en bicicleta.

─ Josías Acosta

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