Recordando a los evangélicos de Odessa, condenados a un cuarto de siglo de prisión en los años treinta por sus creencias y confinados por el estalinismo en los Gulag de Siberia. A todos los que sostuvieron su fe, a los que ayudaron a sus compañeros enfermos en los terribles inviernos siberianos, a los hermanos Adyigerey, cuyos hijos eran amigos de Lídochka en Odessa durante los años cincuenta, gracias y gracias totales hermanos evangélicos pentecostales de Odessa.

Juntábamos las papas silvestres del bosque para los aletargados por las parcas, los cuales permanecían recluidos en las oscuras instalaciones correccionales del Gulag, tres hermanos vigilados en la estepa siberiana,
en fila junto a miles de hombres temblequeantes, en dirección a los trabajos forzados, hachando sin descanso los bosques milenarios.

Tres bestias solidarias los hermanos Adyigerey, nacidos en Nadeshda, caídos en desgracia sosteniendo sus creencias religiosas, junto a Ivan Voronaiev en los años treinta en Odessa, resistieron la prolongada sentencia en Siberia, repitiendo en silencio, “iak shopotom”, los Salmos 
del Rey David, sujetos a las aberrantes prácticas aplicadas sin miramiento por los estalinistas.

Confinados tal vez en el Ártico, con sus exiguas fuerzas aserraban la “zosná”, en los paisajes helados del lager de cuño socialista, obteniendo los pesados rollizos cuyo maderamen se destinaría a la patria bolchevique que regresaba a la “Kátorga”, que fuera aplicada en el maltrecho Imperio Ruso, en su viejo sistema de prisiones de Siberia, multiplicando la saña de los Zares.

Traed escondidas entre vuestros abrigados, “cufaike” y el pecho desnudo, las papas encontradas en los bosques hermanos Adyigerey. Acaparad, acaparad alimentos para los débiles, a quiénes el Gulag nada tiene por dar, así cumplidas las jornadas y agobiados por el yugo ineludible, nadie
habría de olvidar a sus compañeros desmejorados, entrando ocultas al lager las papas, para los eslavos, “cartoyka”.

Tumbados los pinos en los bosques, los hacheros con sus cuerpos en harapos, no lograban pese al ingente esfuerzo, traspasar los rollizos que habían hecho caer sobre el suelo helado; la cuota de pan negro y la sopa aguachenta acaso recuperaría las energías necesarias para el clima
glaciar del ártico, donde los soviets desplegaron su infinita red de lager, ampliando la zarista.

Los tubérculos congelados adheridos al pecho enfermarían a Aliosha Adyigerey, las papas compartidas con sus tovarichi enfermos devendrían letales a sus pulmones; entradas al lager con sigilo, burlando la guardia, daría como resultado la prematura muerte de un hombre
que sostuvo con su vida, la solidaridad con el próximo, en el campamento del esclavismo real.

Vañia Adyigerey, el padre de los tres hermanos regresaba a Odessa después de un cuarto de siglo de cautiverio a mediados de los cincuenta; habiendo sobrevivido ocupado en el aserradero del Gulag, volvía asmático con sus pulmones enfermos, al cuidado de sus seis hijos, cinco varones y una mujer. Arrebatado por una fuerza bestial cuando ellos eran todavía niños, y vueltos a su encuentro cuando ya todos eran adultos, esta fortaleza humana moría en pocos meses rodeado de sus hijos, quiénes durante el cautiverio probablemente no hayan recibido carta alguna de su padre, incomunicados por las prácticas diabólicas de los verdugos soviéticos y su brutal sistema policíaco. Mientras los otros Adyigerey, los millones de otros, no gozaron del ancestral derecho, carentes de quién los llorara en el Gulag, ni entonara los himnos melodiosos de los eslavos que despiden en procesión a sus deudos en las marcha al cielo de sus mayores. Las creencias de los viejos cristianos y los protestantes evangélicos enfrentados a los reaccionarios que todo lo habrían de pisotear, lastimar y destruir, bajo el influjo de una teoría política que nunca llegó a comprender el Zar Rojo, ejecutando su tropa de criminales cuanto tuviera a su alcance, depositario de un odio total el maltratado Narod Soviético.

Daniel Kuryj, 3 de Agosto de 2017.

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