“Carta desde una prisión en Birmingham”. Martin Luther King Jr. Abril de 1963.

A 50 años de su muerte, la radicalidad de su pensamiento no nos deja ser interlocutores tibios, y sus ideas nos motivan a seguir interpelando filosóficamente nuestras prácticas cívicas. En un contexto socio-político siempre resistente a las transformaciones del statu quo donde la laicidad del Estado sigue en pugna y donde las ideas de MLK Jr. han sido re-apropiadas caprichosamente según la conveniencia, proponemos mirarnos desde sus mismas palabras, observar el desarrollo de sus ideas y abrir desde allí un diálogo crítico que nos atraviese en nuestra coyuntura. Estos fragmentos dan comienzo a la Serie Desobedientes.

Mis queridos colegas sacerdotes:
Mientras me hallo recluido aquí, en la cárcel de la ciudad de Birmingham, me llegó su reciente declaración calificando mis actividades presentes de “poco hábiles e inoportunas”. Raras veces me detengo a contestar las críticas formuladas contra mi trabajo o mis ideas. Si tratase de contestar a todas las críticas que pasan por mi escritorio, mis secretarios tendrían poco tiempo disponible para cualquier otra cosa en el curso del día, y a mí no me quedaría tiempo para realizar ninguna tarea constructiva. Pero como creo que ustedes son hombres de intenciones genuinamente buenas, y que sus críticas han sido formuladas sinceramente, quiero intentar responder a su declaración en términos pacientes y razonables.

1. La Injusticia 

La injusticia en cualquier parte que se cometa es una amenaza para la justicia en todas partes. Nos encontramos atrapados dentro de una ineludible red de reciprocidad, entretejidos por el mismo hilo del destino. Cualquier cosa que afecte a uno de nosotros directamente, nos afecta a todos indirectamente. Nunca más podremos permitirnos convivir con la idea estrecha, provinciana, del “agitador extranjero”. Quienquiera que viva dentro de los Estados Unidos nunca más podrá ser considerado como un extranjero en ninguna parte de este país.

2. La No Violencia

Toda campaña no violenta tiene cuatro fases básicas: 1) Reunión de los datos necesarios para determinar si existen las injusticias; 2) Negociación; 3)  Autopurificación; 4) Acción directa. Hemos pasado por todas estos pasos en Birmingham. No cabe discutir el hecho de que la injusticia racial envuelve a esta comunidad. (…)

A sabiendas de las dificultades existentes, decidimos emprender un proceso de autopurificación. Comenzamos a dar talleres sobre la no violencia, y nos hicimos a nosotros mismos reiteradas veces estas preguntas: ¿sabrás aceptar los golpes sin devolverlos? ¿Sabrás resistir la prueba del encarcelamiento?

3. La Tensión

Preguntarán: “¿Por qué acción directa?” “¿Por qué sentadas, marchas y demás?” “¿Acaso no es la negociación el mejor camino?” Tienen razón en abogar por la negociación. De hecho, esto es el verdadero propósito de la acción directa. La acción directa no violenta trata de crear una crisis tal, de establecer una tensión creativa tal, que una comunidad que se ha negado constantemente a negociar se vea obligada a hacer frente al problema. Trata de dramatizar tanto la cuestión, de manera que ya no pueda ser ignorada bajo ningún concepto. Acabo de referirme a la creación de tensión como parte del trabajo de un activista no violento. Puede que esto suene chocante. Pero debo confesar que no me asusta la palabra “tensión”. No he dejado nunca de oponerme a la tensión violenta, pero existe una clase de tensión no violenta constructiva que resulta necesaria para el crecimiento.  (…)

La meta de nuestro programa de acción directa radica en crear una situación tan pletórica de crisis que desemboque inevitablemente en una salida negociadora. Me uno, pues, a ustedes en su apología de la negociación. Nuestra querida tierra del Sur ha permanecido demasiado tiempo encerrada en un trágico esfuerzo de vivir monologando antes que dialogando.

4. La Espera

Sabemos por una dolorosa experiencia que la libertad nunca es voluntariamente otorgada por el opresor. Debe ser exigida por los oprimidos.

A decir verdad, todavía no me he podido involucrar en una campaña de acción directa que sea “oportuna” según la agenda de aquellos que no han padecido excesivamente la enfermedad de la segregación. Hace años que vengo oyendo esta palabra: “¡Espera!”. Suena en el oído de cada negro con penetrante familiaridad. Este “espera” ha significado casi siempre “nunca”. Tenemos que convenir con uno de nuestros juristas más eminentes del pasado en que “una justicia demorada durante demasiado tiempo equivale a una justicia denegada”.

Hemos esperado más de trescientos cuarenta años para tener nuestros derechos constitucionales otorgados por Dios. Las naciones de Asia y de África se dirigen a velocidad supersónica a la conquista de su independencia política; pero nosotros estamos todavía arrastrándonos a paso de tortuga por un camino que nos llevará a la conquista de un taza de café en el mostrador de los almacenes. Es posible que resulte fácil decir “espera” para aquellos que nunca sintieron los dardos envenenados de la segregación.

5. Ley Justa Ley Injusta

Expresan una profunda ansiedad en torno a nuestra disposición a quebrantar las leyes. No cabe duda de que su preocupación es legítima. Como pedimos con tanta diligencia a nuestra gente que acatase la decisión del Tribunal Supremo en 1954 que declaraba ilegal la segregación en las escuelas oficiales, podrá parecer rara y paradójica nuestra desobediencia consciente de las leyes. Podrán preguntar: “¿Cómo pueden ustedes defender la desobediencia de algunas leyes y el acatamiento de otras?”. La respuesta debe fundarse en el hecho de que existen dos clases de leyes: las leyes justas y las injustas. Yo sería el primero en defender la necesidad de obedecer los mandamientos justos. Estoy de acuerdo con San Agustín cuando expresa que “una ley injusta no es ley”. Pero ¿Cuál es la diferencia entre ambas clases de leyes? ¿Cómo se determina si una ley es justa o injusta? Una ley justa es un mandato humano que acuerda con la ley moral o la ley de Dios. Una ley injusta es una norma en conflicto con la ley moral. Para decirlo en palabras de Santo Tomás de Aquino, una ley injusta es una ley humana que no tiene su origen en la ley eterna y en el derecho natural. Toda ley que enaltece la personalidad humana es justa; toda ley que degrada la personalidad humana es injusta. Todos los mandatos segregacionistas son injustos porque la segregación deforma el alma y daña la personalidad; da al que segrega una falsa sensación de superioridad y al segregado una falsa sensación de inferioridad. Para ponerlo en palabras del filósofo judío Martin Buber, la segregación sustituye la relación “yo-tú” por una relación “yo-ello”, y acaba relegando a las personas a la condición de objetos. Entonces la segregación no sólo es política, económica y sociológicamente enferma, sino por demás inmoral. Paul Tillich dijo que el pecado es separación. ¿Acaso no es la segregación una expresión existencial de la trágica separación del hombre, su horrible aislamiento, su tremenda condición de pecador? Por eso mismo pido a los hombres que desobedezcan las leyes de segregación, ya que estas son inmorales.

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