Estoy por cumplir tres años en Filipinas, el único país cristiano de Asia.
La experiencia ha sido riquísima, sobre todo desde el punto de vista de desarrollo personal. No ha sido nada fácil adaptarme a la nueva cultura, especialmente aprender simultáneamente dos idiomas, inglés y  bisaya. En este momento mi inglés es mejor que mi bisaya. Para comunicarme con la gente mezclo los dos, ellos también lo hacen cotidianamente. Filipinas es un país tropical,  la temperatura y humedad ambiental es similar a la que se experimenta en Córdoba (Argentina) durante el verano. Como bien podrán suponer, la comida es muy diferente. Comen arroz blanco tres veces al día: desayuno, almuerzo, y cena. Pescado, cerdo y pollo son los acompañantes. Los filipinos tienen un paladar dulce, por lo cual la comida casi siempre tiene ese sabor. Me quedé en estado de shock cuando en una oportunidad vi a la cocinera echarle leche condensada a la salsa bolognesa. El consumo de gaseosas es elevado: no es de extrañar que la diabetes sea una enfermedad de alta incidencia en este rincón del mundo.
En el plano relacional tienen otros códigos; por ejemplo, se prescinde por completo del contacto físico. No hay besos, ni abrazos, tampoco se dan la mano. Una sonrisa, un movimiento de cejas y un saludo son suficiente para ellos. Si llegas a tener problemas personales con alguno de ellos, no puedes conversarlo directamente con la persona involucrada. Necesitas buscar un mediador, una tercera persona que ayude a resolver el problema. Otra característica que he notado de los filipinos es que son muy alegres y entusiastas, ¡lo celebran todo!,  tiran la casa por la ventana, es decir, no se fijan en gastos cuando organizan una celebración.

En cuanto a la religiosidad Filipinas es un país de grandes contrastes.

El 70% de la población es católica, un 20% cristianos de distintas denominaciones, y el porcentaje restante se divide entre iglesias pseudocristianas y musulmanes. No obstante ser un país cristiano, la distribución del ingreso es muy desigual y un 70 % de la población es pobre. Acá se ve miseria: parte el corazón ver a los niños mendigando en las calles. Mucha gente vive en las calles. La corrupción es generalizada, al punto que cuando vas a comprar el vendedor te pregunta por cuánto dinero va a hacer la boleta. Por otra parte, me ha llamado la atención el alto grado de violencia en el país. Mucha gente es asesinada, especialmente durante el tiempo de elecciones. La violencia ha alcanzado su pico desde que Rodrigo Duterte asumió como presidente. Las masacres que llevó a cabo durante más de 20 años en que fue intendente de la ciudad de Davao se han generalizado en todo el país. Es increíble la impunidad con la que actúa y la precariedad institucional lo hace posible. El intendente de la gran ciudad de Cebu aparece en la televisión ofreciendo a la policía 1.000 dólares por cada narcotraficante que maten.
Me tocó conocer un caso personalmente, el cual me abrió los ojos de lo que está sucediendo en el país.  En los cuatro meses que viví en la ciudad de Davao me hice amigo de una religiosa filipina. Su hermano se había convertido en un criminal y mantenía aterrorizada a su propia familia. Un día recibió la famosa advertencia de Duterte: si no abandonaba la ciudad en un plazo de 48 horas sería ejecutado. El hombre no tenía para donde arrancar y se quedó en la ciudad. El escuadrón de la muerte lo emboscó afuera de su casa y, en frente de sus hijos, lo mataron como a un perro. Después arreglaron la escena del crimen para que pareciera un arreglo de cuentas entre bandas rivales. Y mientras hacían esto amenazaban a la familia, si no se quedaban callados pagarían las consecuencias. Lo que lamento es el silencio cómplice, cobarde, no sólo de las distintas iglesias, sino de la sociedad en cuanto tal. Muchos avalan las violaciones de derechos humanos como la única forma de detener el tráfico de drogas y la corrupción.

En cuanto a mi persona les puedo contar que viví mis primeros cuatro meses en Filipinas en la ciudad de Cebu. Ahí aprendí a hablar inglés (todavía estoy aprendiendo). Fue un tiempo muy interesante en el cual me involucré en los esfuerzos que mi congregación está realizando para ayudar a los más pobres. Tenemos un hogar para niños de la calle llamado Balay Samaritano y acompañamos a familias que viven y trabajan en los basurales de la ciudad.

Luego me trasladé a la ciudad de Davao para aprender el idioma local, el bisaya. Viví cuatro meses en la ciudad de Rodrigo Duterte; en ese tiempo tuve la oportunidad de hacerme amigo de varios cristianos pertenecientes a diversas congregaciones, entre ellos varios pastores. Casi todos ellos extranjeros que estaban aprendiendo el idioma local en el centro de estudios. Es una lástima en general la ausencia de relaciones entre distintos grupos cristianos. Me imagino que esto se debe a que la iglesia católica es dominante. En otros países de Asia donde somos aún perseguidos y estamos en total minoría, la relación entre  cristianos es mucho más estrecha. Yo desde mi humilde trabajo en la pastoral de una universidad que tenemos en la isla de Bohol, intento transmitirles a los alumnos que todos somos hermanos en Cristo y que compartimos la misma religión sin prejuicio de tener distintas tradiciones.

De Davao me trasladé a una región rural, Agusan del Sur, donde por más de un año  visité las diversas parroquias allí. Fue un tiempo para aprender la cultura del país y practicar el idioma local, el cual me ha resultado bastante difícil aprender. El hecho de no tener un trabajo formal y de no estar realizando una actividad regular fue una dura prueba para mí. En ese tiempo de supuesta inactividad me refugié en la oración y en contacto con las personas. En algunas parroquias recibí un trato muy fraternal por parte de mis compañeros de congregación y en otras el trato dejó bastante que desear. Pero en todo momento pude sentir la presencia amorosa del buen Dios. Él siempre ha puesto en mi camino personas maravillosas de las cuales aprendo a ser una mejor persona. Uno de los regalos que recibí de parte del buen Dios fue la visita de una gran amigo y luego la visita de mi mamá y hermana menor. Fueron días inolvidables junto a ellos, que me dieron mucha energía para seguir adelante.

Finalmente terminó el tiempo de inserción cultural y fui transferido a la isla de Bohol, a la ciudad de Tagbilaran para trabajar en la pastoral de la universidad Holy Name University. El trabajo me llena completamente: estoy colaborando en la pastoral acompañando a los estudiantes en sus jornadas, retiros y otras actividades. Mi comunidad verbita es muy acogedora y he hecho muy buenos amigos en este tiempo.

El futuro es totalmente incierto, pero estoy muy feliz en Filipinas, y desearía continuar unos buenos años más. Pero lo importante es estar atento a la voluntad de nuestro Dios. Así que mantengo mi corazón abierto a las sorpresas que el buen Dios tiene preparadas para mi.

─ Carlos José Ferrada Montero

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