VENCER LA TRADICIÓN DEL SILENCIO EN LAS IGLESIAS

El 4 de junio de 2019 fue detenido en Los Ángeles California el líder religioso de la mega iglesia La Luz del Mundo, Naasón Joaquín García, acusado por abuso sexual, tráfico de personas, pornografía infantil, entre otros delitos. El caso conmocionó el escenario religioso evangélico y reveló las violencias y abusos de poder de diversos líderes religiosos y miembros de diferentes denominaciones cristianas.

Mi experiencia vital se ubica en este escenario específico de violencia sexista y abuso religioso. Lo que relataré es un intento por delinear ciertas situaciones que me permiten explicar cómo se expresa la violencia de las mujeres al interior de las iglesias, tomando como referencia mi propia experiencia en una congregación evangélica pentecostal. La descripción que haré posiblemente ayude a otras compañeras, creyentes y disidentes de la religión a romper con la tradición del silencio con la que se nos educó. A las compañeras feministas quizás este escrito les permita comprender una de las piezas que conforma esta gran maquinaria ideológica patriarcal en su carácter religioso.

Mi nombre es Aletheia, vivo en la ciudad de Tijuana desde hace 20 años. Mi familia y yo migramos del estado de Guanajuato a la frontera entre México y Estados Unidos, y cuando llegamos, las primeras redes de apoyo que nos acogieron fueron las comunidades evangélicas pentecostales cuyas asociaciones civiles auxilian y acogen migrantes en un estado alto de vulnerabilidad, justo como mi familia y yo.

Dentro de la iglesia, mi familia y yo encontramos un espacio en el que entablamos lazos de amistad; conectamos con otras y otros que también eran migrantes, documentadas, documentados y seres outsiders. Pudimos ser parte de una comunidad, elemento importante cuando vives una experiencia migratoria y de precarización social. Sin embargo, en la iglesia también aprendes los preceptos morales que rigen y gobiernan los comportamientos de las y los feligreses. Aprendes, por ejemplo, que como mujer tu situación no es particularmente idéntica a la de tu compañero masculino. En primer lugar, no se te exige que borres en términos corporales cualquier indicio asociado a la belleza, el erotismo, la emancipación y la libertad corporal.

Hay dos principales narrativas religiosas que recaen en las mujeres. La primera se relaciona con las cualidades femeninas con las que se instruye a las niñas para que logren alcanzar un modelo de comportamiento ideal y acorde con los estereotipos de género presentes en las escrituras bíblicas. Un ejemplo es la figura de María, la madre de Jesús, la Reina Esther o la Mujer Virtuosa2Proverbios 31:10-31. La otra narrativa con la que se trata de modelar la subjetividad y el comportamiento de las mujeres es pensarlas como cuerpos que encierran fuerzas sobrenaturales vinculados al pecado y por lo tanto a la maldición de Eva. Este precepto doctrinario va de la mano con la intención de las normativas religiosas de convencer a las niñas y mujeres de que su cuerpo es un territorio de permanente sospecha, de que son objetos de deseo para la mirada masculina y que su esencia se liga con una sexualidad perturbadora. Como apunta Monique Writtig (1992), es como si las mujeres no se pudieran desligar de la marca sexual, puesto que para la cultura patriarcal existimos en tanto nuestra sexualidad y capacidades corporales. De esta manera se nos educa a odiar y a rechazar nuestros cuerpos, y de paso, vigilar y controlar los cuerpos de otras mujeres por medio de mecanismos como el chisme y los comentarios despectivos que limitan nuestra capacidad de hermandad.

Asimismo, se nos enseña que un atributo asociado al valor de la pureza femenina es el silencio, que se interpreta como un signo de humildad, recato y devoción. Es decir, se nos educa y asigna en la histórica tradición del silencio femenino. En la obligación de callar y obedecer a las figuras que sí están autorizadas a tomar la palabra públicamente: los hombres y figuras con poder. Se nos fomenta la obediencia a las normas tanto eclesiásticas como seculares. Lamentablemente, la figura de respeto puede ser un hombre que abusa de su cargo eclesiástico de poder para agredir sexualmente. La intimidación y la manipulación se vuelven una constante en este escenario de abuso.

Cuando era niña y visitaba con mi familia La Iglesia Pentecostal Evangélica Independiente, recuerdo que hubo muchas jóvenes que dejaron de asistir a los servicios religiosos justamente porque habían “desobedecido” las narrativas de pureza cristiana. Recuerdo a mi amiga Leticia, una joven mayor que yo, que venía del Estado de México a visitar a su tía, miembro de la iglesia. Un día en el servicio religioso dominical, pasó al púlpito a dar su testimonio: se arrepentía “de haber pecado”, de transgredir el mandato de la virginidad exigida a las mujeres solteras y jóvenes.

Desafortunadamente, Leticia ya no fue la misma, sufrió el ostracismo y el rechazo de la comunidad religiosa. Los chismes, susurros y comentarios en relación con “su falta” eran constantes y afectaron su fe y, por lo tanto, su deseo de pertenecer a una comunidad evangélica. Se le juzgó y señaló hasta que poco a poco ella decidió salirse de la iglesia. Tiempo después me enteré de la verdad, que ella fue violada por un joven pastor de la congregación. No pasó nada, todas y todos callaron, pero con su silencio, fueron cómplices. Casi un año después, a sus 15 años, tuvo una hija.

Un día mi mamá me compartió que un ministro religioso la abordaba y saludaba de una manera que la hacía sentir bastante incómoda. Me comentó que al saludarla le sostenía la mano, la acariciaba y le proponía reunirse con él fuera de la iglesia, a solas. El susodicho “hermano en cristo” pese a que estaba casado y tenía hijas y nietos, presionaba a mi mamá para que se reunieran a solas a sabiendas que ésta era una mujer casada. Me relató que ella sólo les daba la vuelta a sus comentarios y se iba. Pero el caso aquí es cómo mi mamá aguantaba todos esos comentarios que claramente iban encaminados a acorralarla para que ella aceptara sus proposiciones. En este escenario se puede leer una dinámica de poder, entre aquel que tiene el privilegio pese a ser un hombre que se asume cristiano, padre de familia y devoto creyente; y mi mamá que, como miembro activo y mujer de una comunidad religiosa, es vista y evaluada por su condición de cuerpo de sospecha, de encarnar lo natural y débil. Si ella hubiera aceptado, si alguien de la iglesia los hubiera visto, e incluso si alguien hubiera presenciado esa escena del “gato y el ratón”, seguramente a quien hubieran culpado y castigado institucional y moralmente es a mi madre, no al “hermano”.

Estas vivencias además las llevo a colación con el tema de que dichas agresiones experimentadas por mujeres creyentes, adheridas a un sistema religioso, no son tratadas con la misma urgencia por los feminismos como se toman a los abusos de mujeres seculares, universitarias, citadinas, blancas y heterosexuales. Las mujeres religiosas, las creyentes, cristianas, evangélicas, testigos de jehová y mormonas no están dentro de las prioridades feministas. Cuando por fin se habla de nosotras se nos retrata como sujetas inmersas en una especie de falsa conciencia, educadas en los valores patriarcales y reproductoras de comportamientos sexistas. Hay una gran cantidad de literatura feminista que representa a las mujeres religiosas como sujetas sin capacidad de cuestionamiento y sin rebeldía, y lo más alarmante, borrando su conciencia política. Curiosamente, las que pertenecemos o permanecimos en dichas agrupaciones religiosas, somos aquellas que nos ubicamos en los márgenes; mujeres, de clase trabajadora, jefas de parentesco, etc.

De frente a este escenario, las mujeres que pertenecemos/pertenecimos a estas religiones debemos tejer resistencia colectiva para pensar, reflexionar y proponer estrategias de emancipación que transformen el sistema de orden masculino dentro de las iglesias y desinstale de nuestro ser la enculturación patriarcal recibida. De organizar círculos de autoconciencia crítica feminista que tome en cuenta nuestras experiencias cruzadas por ejes como la clase social, nuestras vivencias migratorias, la etnia, la raza y nuestras espiritualidades, además de las diversas intersecciones que marcan nuestras condiciones de habitar el mundo. Politizar nuestras ausencias en los discursos cristianos, comprender la censura impuesta y, finalmente, vencer la tradición del silencio para nombrar cada episodio de abuso y violencia patriarcal al interior de las instituciones religiosas.

Creo que pese al confinamiento y los problemas que derivan de la pandemia actual, no debemos de olvidar las violencias estructurales visibles en el mundo; entre ellas las relaciones de poder, la cultura patriarcal y colonial de las instituciones de raíz judío-cristiana, y las resistencias históricas de las mujeres creyentes, disidentes y apóstatas. Ellas/nosotras tenemos tanto que gritar, reflexionar y desestabilizar.

Si querés charlar sobre estos temas, tenés dudas sobre el modo en que te enseñaron a interpretar la voluntad de Dios o necesitas denunciar una situación de abuso eclesial, podes contactarte con alguna de estos espacios:

Sororidad y Fe: https://www.facebook.com/Sororidad-Fe-295957657993854/
ConEfe: https://www.facebook.com/Conefe.comunicaciones/
Guardias de escucha pastoral entre mujeres: https://guardiasdeescucha.contactin.bio/?fbclid=IwAR2ePIriv-gms2iYNEsx0mOjrXGknfjQENiLbG8J82da8h-95v1Zpu4xwnQ
Católicas por el derecho a decidir: https://www.facebook.com/RedLacCDD/

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

Wittig, M. (1992). El pensamiento heterosexual y otros ensayos. Editorial EGALES. http://www.caladona.org/grups/uploads/2014/02/monique-wittig-el-pensamiento-heterosexual.pdf

Alétheia Montalvo es socióloga feminista y Maestra en Estudios de la Mujer.

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